domingo, 28 de abril de 2013

ANTICOMUNISMO BARATO




Después de tantísimos años escuchando y leyendo de las barbaridades cometidas por los comunistas, por el PCE y por Santiago Carrillo, estoy bastante curado de espanto. De nuevo se ha abierto la caja de los truenos, a partir de la publicación de “El zorro rojo”, un libro de Paúl Preston sobre Carrillo, que ya en el titulo anuncia la objetividad del autor. Con ese motivo están apareciendo algunos artículos, como el de Elorza, que aunque en buena parte no coincido con el, sí evita el anticomunismo barato. Pero el comentario de Jorge M.Reverte en el suplemento de Babelia de El País, se pasa tres pueblos hablando de los miles de crímenes no ya de Carrillo, sino también de la cúpula dirigente del PCE y en general de los comunistas españoles. Como se suele decir no hay peor astilla que la de la propia madera y encima  Jorge, antiguo camarada, alardea de ser riguroso en sus libros históricos.

No tengo manías victimistas, soy comunistas desde los 18 años, nunca me he arrepentido de ello, aunque sí de muchas cosas que he hecho a lo largo de mi militancia y aunque he sido carrillista a tope, la fe nunca me ha cegado y sé perfectamente los errores, algunos de suma importancia que jalonaron la trayectoria de Santiago. Y me vais a disculpar los lectores de mi blog, si en este post me alargo más de lo habitual, pero quiero aportar algunas reflexiones.

Para empezar, algunas referencias sobre como surgió y como era el PCE antes de la guerra civil. En los años 20 y principios de los 30 fue un pequeño partido, muy radicalizado, muy sectario, con una composición muy mayoritaria de obreros manuales y campesinos, la mayoría de ellos sin formación académica y cuyo Secretario General antes del 18 de julio de 1936 era José Díaz, un panadero sevillano procedente de la CNT. Una clara diferencia con el PSOE y la UGT que tenía numerosos cuadros intelectuales, profesionales, maestros, etc.

El PCE grupuscular de principios de los años 30, afortunadamente fue tutelado por dirigentes de la III Internacional, que consiguieron que abandonara su política izquierdista y sectaria e impulsara la unidad de las izquierdas a través del Frente Popular, tal y como estaban haciendo otros partidos comunistas europeos.

Durante la Guerra Civil, la dirección comunista dio la talla política y organizativa. Fue el partido que más y mejor defendió la necesidad de ganar la guerra y dejarse de experimentos revolucionarios que alejaban a la pequeña y mediana burguesía republicana; los comunistas frenaron en la medida de sus posibilidades los crímenes y represalias de los descontrolados del bando republicano; denunciaron la persecución indiscriminada de los católicos; defendieron la legalidad en la represión de los sublevados; promovieron la creación de un ejercito digno de tal nombre que pudiera enfrentarse con unas mínimas posibilidades de éxito con Franco.   Por ello fue el partido que mas creció, superando los 300.000 militantes y fue el sostén principal del gobierno de Juan Negrin desde mayo de 1937 a febrero de 1939.

En octubre de 1936, con los franquistas en Carabanchel y la Casa de Campo, su aviación bombardeando Madrid, francotiradores por todas partes y una resistencia republicana combativa pero mal organizada, el gobierno de Largo Caballero se marchó a Valencia y dejó la ciudad a los ordenes de una Junta de Defensa, de la cual formaba parte Santiago Carrillo como responsable de Seguridad y con 21 años. No quiero ni pensar que hubiera hecho yo a esa edad y en esas circunstancias, seguramente marcharme a Valencia o quedarme con más miedo que vergüenza y sin saber muy bien que hacer.

En ese contexto se produce la matanza de oficiales y cuadros franquistas en Paracuellos. No voy a entrar de quien fue la responsabilidad de la orden. Ángel Viñas y otros prestigiosos y serios historiadores lo han analizado con rigor y de forma documentada. Sin duda Santiago, y los comunistas madrileños y por supuesto los agentes de la Unión Soviética que ya se movían como pez en el agua por Madrid, antes o después lo conocieron y tuvieron algo que ver, al igual que la CNT, la FAI, el PSOE y la UGT. Fue una atroz decisión en un clima de extrema tensión, en la que todos ellos sabían que en cuestión de horas podían pasar a ser fusilados si Franco entraba en Madrid.

No se trata de justificar la masacre de Paracuellos, para nada, pero sí situarla en su contexto, porque fue una barbaridad  entre otras muchas que jalonaron la guerra civil y por supuesto no voy a entrar en comparaciones con lo que sucedió en el bando sublevado.

Hubo también otro tremendo error en la conducta del PCE en la guerra civil. La persecución al POUM trotskista y la tolerancia con el asesinato de su secretario general Andréu Nin. Esto fue obra de la policía política soviética en su delirante persecución del trotskismo, allá donde estuviera. Los comunistas españoles creyeron a pies juntillas lo que decía Stalin del POUM y de Trotski y no movieron un dedo para evitarlo.  Tan solo dos comentarios: el POUM fue un permanente factor de distorsión de los esfuerzos para mantener el orden y la legalidad republicana en Cataluña y para mejorar la política de resistencia militar en el frente de Aragón. Su infantilismo izquierdista no se merecía la represión que sufrieron, pero tampoco pensemos que eran ángeles de la guarda, ni mucho menos. Y sobre todo ni el PCE, ni por supuesto el PSOE, ni el gobierno de Juan Negrin, estaban dispuestos a tener un conflicto con el único país, junto con México, que estaban ayudando a la Republica. Así de tremendo y de claro.

La tercera gran acusación contra Carrillo y la dirección del PCE de los años 40, es su supuesta brutal actuación con dirigentes comunistas que en el interior de España sacaron los pies del tiesto y no se amoldaban a las consignas que llegaban de la dirección. Tampoco se trata de justificar actuaciones oscuras e incluso de que se liquidara a alguno de ellos. Pero eran tiempos en los que la policía y la guardia civil tenia infiltrados en las filas comunistas, en las  guerrillas, tiempos en los que había caídas masivas con terribles costes humanos. Y nadie se andaba con chiquitas. Era una lucha de pura supervivencia.

Pero si Carrillo junto con otros dirigentes dio ordenes censurables, también fue el que tuvo la iniciativa de detener la insensata invasión de guerrillas comunistas por el Pirineo de Huesca, que produjo muchas victimas comunistas y que sin su intervención hubiera sido mucho peor.

Insisto son decisiones de tiempos de guerra, que aunque podemos y debemos rechazar moralmente, no podemos enjuiciar asépticamente desde nuestra vida en la España del siglo XXI. Y por esa misma razón los comunistas fuimos los primeros que hablamos de reconciliación.

También me gustaría dar dos brochazos sobre las acerbas criticas a la estrategia del PCE en los años 50, a su alejamiento de la realidad en el interior de España, a su deformada visión de la fortaleza o debilidad del franquismo, al voluntarismo de los llamamientos a la Huelga General y el falseamiento de sus resultados. Todo eso fue cierto.

Pero pongámonos por un momento en la piel de los escasos cientos de militantes comunistas que en los años 50 había en toda España. Perseguidos, muchos de ellos habiendo pasado largos de años de cárcel, La mayoría con amigos muertos. Con las familias pasando mil penurias. Jugándose el trabajo y hasta la vida. Si encima hubieran tenido la sensación de que el régimen estaba mas fuerte que nunca, que las movilizaciones y huelgas eran un fracaso, apaga y vámonos. El subjetivismo era un alimento fundamental para aquellos puñados de comunistas que llevaban ya 20 años luchando contra Franco y que no querían perder la esperanza. Esa esperanza que les transmitían de manera entrecortada desde Radio Pirenaica y que les animaba a seguir día tras día. Yo mismo escuchaba, a finales de los 60 y principios de los 70, Radio España Independiente y me creía lo que contaban.

¿Fue un error esa política irreal y subjetivista, que tanto criticaron Fernando Claudin y Jorque Semprun, y les costó la expulsión del PCE?. Pues en un debate teórico de historiadores y politólogos es seguro que se pueda llegar a esa conclusión. Pero a mi tampoco me hubiera gustado estar casi 40 años de vacaciones como estuvo el PSOE y sin ese subjetivismo, posiblemente la dirección del PCE habría mandado a casa a sus militantes en el interior, a esperar que vinieran mejores tiempos.

Pero si el voluntarismo, el subjetivismo, la exageración, la falta de autocrítica, caracterizó en aquellos años al PCE, hay algo que no podemos jamás ignorar o infravalorar. En 1956, cuando todavía el recuerdo de la guerra y la posguerra estaba muy vivo o cuando había todavía miles de presos políticos, Carrillo traza la política de Reconciliación Nacional. Aunque solo hubiera hecho eso en toda su vida, hubiera tenido un lugar privilegiado en la historia de nuestro país. Allí, en ese decisión de la dirección del PCE, empezó la transición a la democracia y ni príncipe, ni Suárez, ni PSOE, fueron los comunistas de Carrillo los primeros y durante años, únicos, que propusieron un futuro de convivencia democrática entre vencedores y vencidos. Eso parece que importa poco.

Y quien crea que esa decisión fue fácil, es que no tiene ni idea de cómo era el PCE en aquellos tiempos. Todavía a finales de los 60 el histórico dirigente comunista Enrique Lister cuestionaba la política de Reconciliación Nacional. Mas aun, todavía en los años 80 en documentos de los comunistas españoles pro soviéticos se seguía cuestionando la reconciliación nacional. Más aun, en el fondo de las cosas que hoy  dice Julio Anguita y otros nuevos radicales, como Jorge Vestrynge, se sigue cuestionando la Reconciliación Nacional. Mucha gente de los vencidos, y entre ellos una parte de los comunistas querían dar la vuelta a la tortilla y ganar por goleada. Razones tenían. Sufrimientos tenían. Agravios tenían. Por eso muchos no compartieron ese giro histórico del PCE y lo consideraron una traición. Carrillo se la jugó y la sacó adelante y a partir de ahí empezó un lento pero ya imparable cambio en el PCE, que culminó en el Eurocomunismo y en el éxito de la transición.

Otra cuestión a la que no se da suficiente relieve es la propuesta de Carrillo de inequívoca condena del PCE a la invasión soviética de Checoslovaquia. Para calibrar esa decisión hay que tener muy en cuenta que en aquellos momentos el PCE seguía siendo un pequeño partido clandestino, con una gran dependencia material de los soviéticos y de otros gobiernos comunistas del este de Europa. Carrillo de nuevo arriesgó mucho, levantando muchas ampollas entre los dirigentes y militantes y muchas enemistades en el movimiento comunista internacional. Esta hostilidad no le paró, sino que aceleró su despegue con el paulatino diseño del eurocomunismo junto con los comunistas italianos.

La aportación de Carrillo a la transición es muy conocida y poco puedo aportar al respecto. Tan solo una anécdota. Asistí, aunque no era miembro, a la reunión del Comité Central de abril de 1977, tras la legalización del partido y el órdago que le echaron buena parte del ejército a Adolfo Suárez. En esa reunión Santiago propuso la aceptación de la bandera roja y gualda (manteniendo además en todos nuestros actos la bandera roja del partido) y la aceptación de la monarquía. Muchos camaradas se removieron a fondo en sus sillas: ¡la bandera y el rey! En una organización republicana hasta los tuétanos. Costó, pero se impuso la responsabilidad política. Aunque hubo sectores del partido que nunca lo aceptaron.

Pero no todos fueron aciertos. Santiago equivocó la alianza estratégica dentro del partido. Aunque desde principios de los años 70 había promovido y reconocido la capacidad y los meritos de los nuevos cuadros profesionales e intelectuales que apostaron por el eurocomunismo y los incluyo de manera destacada en los máximos ámbitos de dirección, cuando una parte de los comunistas vascos decidieron fusionarse con Euzkadiko Ezkerra y fueron apoyados por un nutrido sector de los jóvenes dirigentes eurocomunistas, los que después se llamaron los renovadores, Carrillo no lo aceptó y se promovió primero su salida del Comité Central y después su expulsión.

Un craso error, que se sumó a otro anterior de disolver las organizaciones de profesionales y repartir a esta parte importante e influyente de la militancia en las organizaciones territoriales. En ambos procesos los duros del partido, los pro soviéticos que después fundaron otro partido financiado por la URSS, lo apoyaron. A partir de principios de los años 80 se produjo una oleada de expulsiones, o de abandonos, con una terrible descapitalización de un partido que siempre había estado muy necesitado de cuadros preparados.

Pero hay que decir que esas no fueron decisiones exclusivas de Carrillo. Ni mucho menos. Hubo un sector, sobre todo cuadros del movimiento obrero,  que compartimos sin pestañear, o pestañeando poco esas decisiones. La responsabilidad por tanto no fue unipersonal del Secretario General. En un periodo de casi diez años, desde 1978 a 1988, tuve la suerte de forma parte del núcleo de mayor confianza de Santiago y junto con otros queridos camaradas fuimos expulsando y expulsando y expulsando. Hasta que en 1984, los seguidores de Gerardo Iglesias nos expulsaron a nosotros, con gran regocijo de los pro soviéticos que después intentaron hacerse con el PCE y al no conseguirlo montaron otro partido.

Así que los carrilistas nos equivocamos de aliados internos, teníamos que haber negociado mas y mejor con los renovadores, porque con ellos teníamos muchas mas coincidencias estratégicas, aunque tuviéramos en aquellos tiempos diferencias en cuanto al funcionamiento del partido. Es cierto que muchos de ellos se pasaron a un PSOE que ya se acercaba al poder, pero también acabaron allí el grueso de los seguidores de Carrillo a finales de los 80.

Fue un desastre el que los comunistas no lográramos convivir juntos en un mismo partido, como sí lo consiguieron los socialistas. Fuimos todos, desde el Secretario General al último militante, muy intolerantes. Entre unos y otros nos cargamos el partido eurocomunista, porque lo que después quedó fue otra cosa. Los carrillistas tuvimos mucha responsabilidad, pero los otros dos sectores, renovadores y pro soviéticos tampoco facilitaron el trabajo.

La idiosincrasia comunista era muy compleja. La valentía, el compromiso, la solidaridad, el sacrificio, de cuadros y dirigentes, que les llevo a luchar, muchos de ellos durante 40 años, muchos de ellos en solitario, (mientras otros veían los toros desde la barrera y luego recogieron los frutos de la lucha antifranquista en la que solo participaron muy al final, cuando ya no había peligro), nos convirtió en personas apasionadas, vehementes, intransigentes, poco dados a las componendas y al pacto entre nosotros. Esta es buena materia para investigar y escribir.

Carrillo no fue el malo de la película. Ni un traidor a los suyos. Ni la voz de su amo soviético. Ni un asesino despiadado. Fue producto de la época más convulsa que vivió nuestro país y Europa. Con errores y con grandes aciertos. Y añado, que en las reuniones de la dirección, Carrillo defendía con gran firmeza sus ideas, no era nada relativista, pero escuchaba a fondo, tomaba buena nota de lo que decían los demás y buscaba en lo posible la síntesis. Nada que ver con la imagen despótica que algunos difunden.

La verdad es que pocos han sido los historiadores que se han acercado a nuestro pasado sin prejuicios, sin fobias anticomunistas. Ángel Viñas y Fernando Hernández Sánchez, son dos notables excepciones. Pero en estos tiempos en que al socaire de la crisis, desde los dos extremos están intentando desmantelar la democracia, siempre viene bien hacer anticomunismo barato y Carrillo es un pimpampum muy socorrido.

Por mi parte no estoy dispuesto a tragarme esas ruedas de molino.




  




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