jueves, 23 de enero de 2014

MATANZA DE ATOCHA: 37 AÑOS


Han pasado ya 37 años desde la noche del 24 de enero de 1977 en que asesinaron a cinco amigos y camaradas en el despacho laboralista de Atocha. No me gustan demasiado las conmemoraciones con un cierto sabor ritual. Entre otras razones porque en estas casi cuatro décadas, más allá de las fechas del calendario, con frecuencia pienso en ellos, en especial en Javier Sauquillo.

Le conocí en 1967, los dos con menos de 20 años. Era muy parecido a esos estudiantes de izquierdas que aparecían en las películas que con cuentagotas y en los cine forum empezaban a llegar de los directores italianos progresistas. Despeinado. Fumando mucho. Casi siempre con cara de sueño. Con algún libro en las manos y con una media sonrisa, mezcla de sarcasmo y timidez. Solía llevar trenka. Cuando conducía fumaba y en general no era un as del volante.

Era el líder intelectual del reducido grupo de militantes del Frente de Liberación Popular que estudiábamos en la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense. En sus análisis y comentarios, junto a las citas a Marx, a Lenin o a Paúl Sweezy, siempre había una pizca de ironía. No tenía la exuberancia expansiva de Enrique Ruano, nuestro otro líder, asesinado dos años después, pero era el contrapunto perfecto. 

Javier era de una familia más bien rica, al menos para aquellos tiempos, pero de su procedencia de clase lo que mas le quedaba era su profunda inquietud cultural. El cine, la literatura, el teatro…. estaba al tanto de todo lo nuevo que iba surgiendo. También era un asiduo a la librería Cultart.

Nuestra amistad fue creciendo con los años. El y Lola González Ruiz, cuando termine la carrera y me echaron de la mili,  me acogieron en su despacho de General Oraa o mejor dicho, me permitieron que me quedara como okupa. Nunca se lo agradeceré suficientemente. Y por las noches al terminar y tomarnos una caña en el bar de la esquina, con Julia Marchena, María Antonia, Javier García Fernández “Panfle” o Agustín de RENFE, yo estaba pelado de dinero y Javier solía pagarme.

Después cuando se creó el súper Despacho de Españoleto, Javier y Lola pelearon para que yo, siendo el más novato, entrara en igualdad de condiciones que los demás.

Hicimos juntos un intenso recorrido vital y político. Javier siempre iba por delante de mí en la evolución política, al principio más a la izquierda, primero fuera y después dentro del PCE y luego recolocándonos en lo que divertidamente llamábamos el “aéreo comunismo”.

Lo único que no me entusiasmaba de Javier era su espíritu noctámbulo. Su capacidad, al igual que Lola, de echar horas y horas después del trabajo o de una reunión de célula, en el Pub de Santa Bárbara o en cualquier otra cafetería, habla que te habla, fuma que te fuma. A mi a partir de las doce de la noche me entraba un sueño mortal, pero era imposible terminar las conversaciones, además yo dependía de el, ya que vivíamos muy cerca y me llevaba en coche a mi casa. Claro que al día siguiente se caía de la cama, o mejor dicho le tiraba Lola. Les esperaba en la esquina de la iglesia del sombrero mexicano para ir juntos a Magistratura y a menudo cuando me recogían yo ya estaba con un ataque de nervios pensando que llegaba tarde a un juicio. Javier me miraba sonriente, en medio de los  atascos de la calle Serrano y me decía, tranquilo que llegamos de sobra.

Cuando yo aun no conocía a Elena, Javier y Lola también me consolaban de los avatares de  mi vida sentimental y sí algún fin de semana estaba sin planes, me llevaban con ellos de excursión. Javier era feliz en el campo, se ponía a respirar profundamente a la vez que abría los brazos, como si quisiera expulsar las dosis de nicotina acumuladas durante la semana. Después Javier y Lola integraron rápidamente a Elena en su círculo de amistad intima y los cuatro juntos quedábamos con frecuencia.

Javier fue un gran amigo. ¡Era una persona estupenda! Pero decidió abandonar su clase social y ponerse al servicio de la clase obrera y de la lucha por la libertad y el socialismo. Le costó la vida.


  

1 comentario:

  1. Emocionante este recuerdo tan personal y tan cercano, a pesar del tiempo pasado. Afortunadamente, el tiempo no lo cura todo y las marcas de lo vivido siguen en nosotros.

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