viernes, 22 de marzo de 2013

LAS NIÑAS Y LOS NIÑOS EN LA CRISIS




Después de cinco años de crisis, además de los datos cuantitativos de paro, pobreza, cierres de empresas, emigración de jóvenes, etc. que nos abruman todos los días, estamos empezando a conocer ya algunas otras consecuencias de carácter mas cualitativo. Merece la pena destacar la relación entre crisis y sus efectos en los niños y las niñas, porque posiblemente sean el colectivo social que a medio y largo plazo van a tener unas secuelas más negativas.

Es sabido que las situaciones de paro, de penuria económica, de graves dificultades para llegar a fin de mes, provocan una tensión en las familias, enfrentamientos, depresiones, separaciones, incumplimiento de las obligaciones de pasar las ayudas por mantenimiento, etc. y los hijos y las hijas son testigos de esas crisis familiares, a menudo sin entender que pasa, pero sufriendo los resultados. Y lo constatan los educadores que perciben en sus alumnos síntomas de cansancio, nerviosismo, falta de concentración, irritabilidad, que nacen de las condiciones en las que están en sus casas.

En segundo lugar, los recortes diversos en educación se están traduciendo en perdida de becas de comedor u otras ayudas, lo que agrava la situación de niños y niñas con sus padres y madres en el paro o en trabajos precarios; el profesorado esta denunciando casos de alumnos que llegan al colegio sin desayunar o con problemas de desnutrición o de quienes tienen que volver a comer a casa, con frecuencia solos e incluso yendo solos del colegio a su casa. En el ámbito rural la supresión de centros y concentración en escuelas comarcales supone en muchos casos que tienen que hacer largos desplazamientos en autobús.

Los recortes suponen también reducción o supresión de profesorado u otros profesionales de apoyo, lo que repercute especialmente en la integración escolar de los niños y niñas con dificultades de aprendizaje, con algún tipo de discapacidad, inmigrantes. La desaparición de actividades complementarias o el deterioro de las dotaciones (bibliotecas, informática, material didáctico…) empobrece el proceso educativo.

Por otra parte, los desahucios tienen especiales efectos en los niños y niñas. Además de todo lo que supone el desarraigo de su domicilio habitual, de su barrio, de los amigos de su entorno, en muchos casos puede suponer el cambio de centro escolar de manera abrupta y no deseada, cambio de profesores, de metodología educativa, de compañeros…etc. La mera amenaza del desahucio, aunque se demore o no se llegue a cumplir es un importante elemento de tensión familiar, que incide en los menores.

El deterioro de la situación económica de cientos de miles de familias les obliga a reducir o suprimir los gastos en actividades con los niños y niñas, vacaciones, regalos (la industria juguetera ya denuncio que la supresión de la paga extra de Navidad en la función publica iba a perjudicar gravemente ka compra de juguetes).

No sabemos, pero habría que conocerlo, si esta aumentando la violencia hacia los menores en familias desestructuradas o duramente golpeadas por la crisis, pero no seria de extrañar.

En definitiva, se mire hacia donde se mire, los niños y niñas pagan también las consecuencias de la crisis y de las políticas de recortes sociales que se están produciendo. Por ello resulta muy sorprendente que aquellos sectores u organizaciones sociales que hacen de la defensa de la familia su razón de ser,  guarden un bochornoso silencio ante este deterioro de la situación de las familias y de sus repercusiones en los niños y niñas. La conferencia episcopal, tan sensible para otros temas que según ellos afectan a las familias, tampoco dice palabra al respecto y su actitud contrasta, además, con las claras y sistemáticas denuncias que Caritas realiza sobre el empobrecimiento y la exclusión social en nuestro país.

La Ministra Ana Mato que lleva meses prometiendo planes de apoyo a la familia y a la infancia, debería ser consciente que el deterioro de las condiciones de vida de los niños y niñas españoles no se corrige con planes sino con otra política económica y social.

Nos arriesgamos a que a la generación de jóvenes que hoy tienen más de 20 años y que viven una profunda frustración de expectativas de vida, les suceda en un próximo futuro otra generación de jóvenes cuya infancia haya estado marcada por la crisis y el aumento de la desigualdad. Nuestro país no puede permitírselo.





No hay comentarios:

Publicar un comentario